En lo alto del cielo

Había una vez una extensa pradera.
Había una vez un bosque al sur de la pradera.
Había una vez una gran población de flores nativas del bosque, llamativas y de varios colores.
Había una vez una colonia de abejas en el bosque, una de las tantas colmenas que habitan el bosque y recolectan néctar de las flores para mantener a sus reinas.

#8: Colmena

Un día esa colonia no encontró flores para hacer miel. Cuando la reina se enteró, castigó a las obreras sin miel y sin volver a entrar al panal hasta que encontrasen más néctar. Lo hizo a pesar de que aún había suficiente jalea real para una semana.

Al día siguiente, las obreras buscaron en todo el bosque durante toda la mañana. No encontraron flores. No encontraron néctar.

El sol llegó a su cenit. Las abejas aún no encontraban néctar. Buscaron en todo el bosque y no encontraron ni una sola flor. ¿Qué les habrá pasado?

¡Claro! El sol despunta en el cielo, pero apenas hay luz. Las flores necesitan luz. Los árboles han crecido tanto que la luz ya no pasa en abundancia.

La única forma de conseguir néctar es sacándola de las flores. Y si no hay flores por culpa de la oscuridad, hay que buscarlas donde hay luz.

Las abejas buscaron y buscaron en todos lados, entre todas las hierbas, entre todos los arbustos. Nada de luz.

Divagaron por todo el bosque. El sol dejó de despuntar en el cielo. El viento comenzó a correr. Las abejas siguieron al viento, arrastradas por este. El viento se escurrió entre dos árboles. Atravesó las hierbas que tapaban un claro.

En ese claro pueden haber flores.

Sin demora las abejas se dirigieron al claro y se encontraron con un ambiente muy distinto al bosque.

El cielo, aún azul, iluminaba generosamente a los pastos. Pero no hay flores ni árboles. Solo hierbas. Las abejas avanzaron con el viento. El cielo se tornaba naranja mientras la hierba seguía verde. El viento llevó a las abejas hacia las nubes celestes.

Desde arriba se veía el antiguo bosque y la nueva tierra verde con unas manchas de colores. Desde arriba formaban una circunferencia con una linea ondulada que la recorría diametralmente. Esas manchas parecían moverse lenta y rítmicamente.

Manchas bailarinas…

Las abejas se acercaron a las manchas a toda prisa. Las más rápidas se sorprendieron al ver a las manchas adquirir estambres, pistilos, sépalos y pétalos.

¡Entonces, las manchas son flores!

Las abejas se acercaron a las flores y tomaron todo el néctar que pudieron tomar hasta el anochecer. Las flores comenzaron a moverse cada vez más despacio hasta detenerse. Cuando lo hicieron, la luna había reemplazado al sol en el cielo.

Las obreras no pensaron en darse ningún banquete con el néctar. En cambio, volvieron rápidamente a sus colmenas a repostar la miel que tanto les hacía falta.

Cuando las obreras llegaron con las patas llenas de delicioso néctar, las guardianas no las dejaron pasar hasta no decírselo directamente a la reina. Ella quedó complacida al enterarse de la gran cosecha de sus obreras. Quiso saber en dónde encontraron tanta miel, pero toda la colmena estaba con sueño, así que las obreras prometieron contarlo a la colmena a la mañana siguiente.

El sol despunta en el horizonte. La colmena despierta. Y la reina estaba muy impaciente por saber cuál es ese lugar paradisíaco de abundante néctar. El único problema es que no pueden llevar a la reina y tampoco tienen una forma de referirse a un lugar fuera del bosque. Hasta ahora, para señalar un lugar en el bosque las abejas lo indicaban mediante una señal química que indicaba a cuántos árboles de distancia se encontraba el objeto de interés. Pero en el paraíso verde no hay árboles.

La reina iba a estallar en ira cuando una obrera comenzó a bailar. Se movía en círculos alrededor de la colmena y en cada vuelta recorría la colmena de un extremo a otro diametralmente.

Nadie la entendió. Solo captó la atención de otra obrera que comenzó a imitarla, con la diferencia de que esta última meneaba el abdomen a un ritmo tranquilo. ¡Como las flores!
Al darse cuenta, todas las obreras comenzaron a bailar alrededor de la colmena. Bailaron en círculos y meneando el abdomen. En cada meneo secretaban una señal de alegría, pero sin darse cuenta también secretaban una señal de distancia que la reina entendió perfectamente. Cada meneo indicaría mas o menos la distancia entre cinco árboles, por lo que al menearse bastante la reina entendió que el paraíso floral está bastante lejos del bosque. Además, el ángulo de su baile indicaría la dirección del lugar.

Cuando las obreras dejaron de bailar por órdenes de su reina, ella las felicitó por su descubrimiento y las mandó a por más miel.
Ellas partieron hacia el lugar, pero muchas no recordaban el camino. El bosque se había vuelto cada vez más oscuro.
A unos cuantos árboles de su colmena encontraron a las obreras de otras colmenas que tampoco recordaban dónde estaba el dichoso paraíso. Varias obreras indicaban una u otra dirección, pero no se ponían de acuerdo. En medio de las discusiones, una obrera bailó. Se movía en círculos alrededor de un claro y en cada vuelta lo recorría de un extremo a otro diametralmente.

Las obreras de su colmena siguieron su baile alegre, mientras las otras miraban asombradas. Bailaron en círculos y meneando el abdomen. En cada meneo secretaban una señal de alegría, pero sin darse cuenta también secretaban una señal de distancia que algunas obreras interpretaron. Mientras varias obreras seguían con el baile, otras comenzaron a volar hacia la dirección a la que apuntaba el baile. Todas las siguieron, incluso las que bailaban. Cuando las más despistadas se dieron cuenta de que se estaban quedando solas, las primeras encontraron un claro entre dos árboles. El mismo claro de la vez pasada. Continuaron en la misma dirección y llegaron nuevamente al campo de flores.

Después de recoger abundante néctar, preguntaron a la abeja despistada cómo hizo para recordar el lugar donde estaban las flores. Les dijo que en realidad tampoco lo recordó, pero le gustó tanto cómo se movían las flores que decidió imitarlas.

Las abejas regresaron a sus colmenas y enseñaron a las otras obreras de sus colmenas el nuevo baile que aprendieron. Se convirtió en un método efectivo para indicar posición, así como en algo agradable de bailar.

Con el tiempo, el baile se fue transmitiendo de colmena en colmena. Se convirtió en una costumbre arraigada en la cultura de las abejas, tan arraigada que muchos creen que la danza de las abejas estuvo siempre con ellas, pero pocos saben esta historia.

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